8. TRANQUILIZAR Y CONSOLAR
En estas circunstancias son frecuentes las actitudes paternalistas que pretenden “aliviar” ese estado de desequilibrio emocional a través de diversas formas de “tranquilizar” y “consolar”. Entre otras podemos destacar:
- MOSTRAR COMPASIÓN: Se ve al hijo como un ser desvalido y se le expresa lástima: “pobrecito”, “verás como todo pasará”.
- QUITAR IMPORTANCIA AL PROBLEMA: Para que el hijo se tranquilice y recobre la serenidad se le quita importancia a lo que está pasando:”hijo, eso no tiene importancia”, “Le suele pasar a todo el mundo cuando llega a tu edad”.
- COMPARARLO CON OTROS: Se le presentan casos de gente que está aún peor y que tienen más desgracias “hijo, peor es el caso de Antonio que...”, “Peor hubiera sido si hubieras nacido en una familia más pobre...”.
- DESVIAR EL TEMA: El padre puede no saber qué hacer con el problema que le está presentando el hijo, o puede resultarle muy amenazador ver llorar al hijo, entonces puede intentar hablar de otras cosas, traer temas más alegres de conversación: “Olvídate ya de eso y ahora a pensar en cosas alegres”.
- ECHAR LA CULPA A UN TERCERO: Se intenta tranquilizar echando la culpa a un tercero ausente, dejando al hijo en el papel de víctima inocente: “Desde luego que no hay derecho a lo que hace ese profesor”.
Los padres que actúan así prefieren evitar los sentimientos negativos y pasar a una relación menos problematizada, aunque sus sentimientos reales sean otros.
Los hijos aunque a veces buscan, e incluso les agrade la droga de la lástima, en el fondo, cuando se le trata de ese modo, seguramente no se sentirá ayudado ni comprendido: “habrá problemas peores, pero a mí el que me duele es el mío”. Los hijos que reciben estos consuelos, con mucha frecuencia se sienten tratados como bebés a los que se les tiene que decir lo que tiene o no importancia, negándoseles el derecho a sentir lo que sienten.